por Hugo Mora Poltronieri
En diferentes medios de comunicacón, incluida La Nación (7/2/09), don Eduardo Zamora, ha manifestado su opinión sobre la propuesta para hacer del país un Estado laico, para lo cual habría que modificar el artículo 75 de la Constitución, que declara a la religión católica como “la del Estado.” Además, se ha referido insistentemente a la tradición judeo-cristiana como elemento fundamental de nuestra “identidad nacional”, apelación esta última, bastante discutible ciertamente.
Hablar de identidad nacional es no sólo extendernos sobre conceptos extraídos de la Historia nacional, sino también tocar aspectos que tienen que ver con componentes culturales, étnicos, cívicos, antropológicos, políticos, etc., propios de la sociedad costarricense, incluso antes de la llegada de los conquistadores españoles. Lo que podríamos considerar como “identidad nacional” es una mezcla de todo ello, por lo que mencionar a la tradición judeo-cristiana como el único o el más importante elemento dentro de tal fusión es caer en un reduccionismo metodológica y epistemológcamente inaceptable. Sin pretender agotar el tema, se estarían dejando de lado las enormes contribuciones hechas a nuestra nacionalidad por la riquísima tradición de la cultura griega, con su extraordinario apego hacia la búsqueda de valores supremos como la verdad, la belleza y el bien, todo ello plasmado en el germen de una sociedad democrática en un mundo por entonces lleno de déspotas de todo tipo; se haría también caso omiso de la cultura latina y su gran tradición, que llega hasta nuestros días, con el derecho romano; se estaría pasando por alto todo lo que, en cuanto a libertad de pensamiento, nos legaron los grandes pensadores del Renacimiento y de la Ilustración, muchas veces en contra de algunos de los principios más caros para esa tradición defendida en exclusividad por el Lic. Zamora. Tampoco es justo ni conveniente dejar de ver dentro de nuestra “identidad” el papel importante –y aún vivo- que han desempeñado nuestros pueblos indígenas, así como la población negra proveniente de islas caribeñas. En suma, tan irracional sería desconocer la importancia relativa de la tradición judeo-cristiana dentro de lo nacional, como descartar todas las otras influencias que podríamos incluir en un largo etcétera.
En cuanto a la modificación del artículo 75, considero absolutamente innecesario mencionar la influencia judeo-cristiana, así como cualquier otra, como fundamento de nuestros valores. Esto sería volver atrás en la Historia y quedarnos con un artículo que, probablemente dentro de unos años, volvería a quedar desactualizado cuando ocurran todos los cambios, de todo tipo, que aguardan a una sociedad inmersa en un mundo tan globalizado como el de hoy. La única garantía para una convivencia ordenada y respetuosa para todos bajo la dirección del Estado es que esté sea laico. Es decir, que acepte, respete (no simplemente tolere) y dé todas las facilidades para que los ciudadanos, de todos los credos religiosos y de todas las maneras de pensar, vivan en armonía y en condiciones de igualdad reales en un tema tan importante como es la libertad de conciencia (no como ciudadanos de segunda clase por no seguir una linea oficial religiosa o del tipo que fuere). Una Costa Rica así se pondría verdaderamente al día en lo relativo a los mismos derechos humanos consagrados tanto en su Constitución como en los numerosos documentos internacionales firmados por nuestro país.
Una última aclaración al artículo de opinión mencionado: Laico, según la Real Academia es quien “no tiene órdenes clericales”. No simplemente “órdenes”, como fue citado, con lo cual el articulista induce a un error conceptual gravísimo al lector**.


